La última imagen que quedó plasmada en su retina fue la de su asesino.
- Esto termina en una muerte...aquella voz en su mente le había anunciado.
No hacía falta más que mirar a esa mujer para adivinar que tenía la vida y la muerte conjugadas en esa boca. Una boca que por momentos fantaseaba con que fuera su boca y no sólo una una boca. Esa boca... la vida misma hecha mujer... Santo Dios...pensó.
La conoció a ella y a su boca una noche cualquiera, una de esas noches atrevidas que amordazan todas las causas y vomitan los azares.
Él no buscaba nada...pero ella y su boca ya lo habían encontrado del todo y de una vez, aunque nunca llegara a saberlo.
Bastó su pelo enmarañado y aturdido, una pollera lánguida contrastándole la piel...y esa boca...
Él allí estaba... atónito y despavilado como el desahuciado que respira y se lanza a perseguir a la vida por última vez.
Durante tantas noches la cita que al inicio fue casual ahora se repetía. Ella y su boca a la salida del trabajo, la caminata lenta hacia la parada del colectivo, la mirada cansada y el desconsuelo del vivir cotideano.
Él convertido ahora en un pasajero en tránsito perpetuo con su rumbo y sus brújulas fijados en aquella mujer.
Y siempre, cada noche, durante el viaje las charlas furtivas...el barrio, los cumpleaños, los hijos, el desencanto.
Hasta que llegaba su parada, la despedida y su boca que lo abandonaba cada vez.
- Esto termina en una muerte...aquella voz en su mente le había anunciado.
No hacía falta más que mirar a esa mujer para adivinar que tenía la vida y la muerte conjugadas en esa boca. Una boca que por momentos fantaseaba con que fuera su boca y no sólo una una boca. Esa boca... la vida misma hecha mujer... Santo Dios...pensó.
La conoció a ella y a su boca una noche cualquiera, una de esas noches atrevidas que amordazan todas las causas y vomitan los azares.
Él no buscaba nada...pero ella y su boca ya lo habían encontrado del todo y de una vez, aunque nunca llegara a saberlo.
Bastó su pelo enmarañado y aturdido, una pollera lánguida contrastándole la piel...y esa boca...
Él allí estaba... atónito y despavilado como el desahuciado que respira y se lanza a perseguir a la vida por última vez.
Durante tantas noches la cita que al inicio fue casual ahora se repetía. Ella y su boca a la salida del trabajo, la caminata lenta hacia la parada del colectivo, la mirada cansada y el desconsuelo del vivir cotideano.
Él convertido ahora en un pasajero en tránsito perpetuo con su rumbo y sus brújulas fijados en aquella mujer.
Y siempre, cada noche, durante el viaje las charlas furtivas...el barrio, los cumpleaños, los hijos, el desencanto.
Hasta que llegaba su parada, la despedida y su boca que lo abandonaba cada vez.
Él se dejaba caer en su pensamiento, en sus voces y en sus angustias.
Y así... cada noche enfrentaba el horror de la espera y de la ausencia de aquella mujer y de su boca.
Pasaron los días, los meses...tal vez los años.
Ella lo tenía todo de él pero no lo sabía, y tal vez nunca le haya siquiera importado. Se había habituado a la cotideana presencia de aquel tímido y sombrío compañero de viaje.
Una noche, ella no concurrió a la cita. El esperó y esperó...pero pasaron los dias y ella ya no estaba.
La buscó, entre gentes, vagabundos y elocuentes, la buscó por los bares del barrio, la buscó en las esquinas conocidas y murmuradas, la buscó entre indigentes adormilados en el hedor de su mala suerte.
La buscó, la buscó y la buscó.
Finalmente, una tarde de otoño, cuando ya casi había perdido la esperanza de volver a verla la encontró.
Ella estaba más radiante que como la recordaba, iluminada...tenía el pelo más corto y el paso un poco más firme.
Caminaba distraída pero no lo hacía sola, iba de la mano de un hombre, reía una carcajada despreocupada, casi aniñada...y esa boca...esa boca.
Finalmente él comprendió, súbitamente, que la derrota lo había alcanzado y que aquella boca que nunca había sido suya jamás lo sería.
Y que no hay dolor mas grande que el que se padece por perder lo que nunca se ha tenido.
Comprendió súbitamente y lo comprendió todo.
Fue esa noche cuando decidió dejarse caer a su muerte.
Y así... cada noche enfrentaba el horror de la espera y de la ausencia de aquella mujer y de su boca.
Pasaron los días, los meses...tal vez los años.
Ella lo tenía todo de él pero no lo sabía, y tal vez nunca le haya siquiera importado. Se había habituado a la cotideana presencia de aquel tímido y sombrío compañero de viaje.
Una noche, ella no concurrió a la cita. El esperó y esperó...pero pasaron los dias y ella ya no estaba.
La buscó, entre gentes, vagabundos y elocuentes, la buscó por los bares del barrio, la buscó en las esquinas conocidas y murmuradas, la buscó entre indigentes adormilados en el hedor de su mala suerte.
La buscó, la buscó y la buscó.
Finalmente, una tarde de otoño, cuando ya casi había perdido la esperanza de volver a verla la encontró.
Ella estaba más radiante que como la recordaba, iluminada...tenía el pelo más corto y el paso un poco más firme.
Caminaba distraída pero no lo hacía sola, iba de la mano de un hombre, reía una carcajada despreocupada, casi aniñada...y esa boca...esa boca.
Finalmente él comprendió, súbitamente, que la derrota lo había alcanzado y que aquella boca que nunca había sido suya jamás lo sería.
Y que no hay dolor mas grande que el que se padece por perder lo que nunca se ha tenido.
Comprendió súbitamente y lo comprendió todo.
Fue esa noche cuando decidió dejarse caer a su muerte.
Esa noche... una bala y una declaración.
Una muerte tan absurda como el incesante irrumpir del anhelo implacable, ensordecedor de un amante anónimo.
Todo por una boca desde siempre tan ajena.
Todo por una boca desde siempre tan ajena.
Todo por la imagen de un rival inocente, asesino y vencedor... aquella que se le había quedado plasmada en su retina antes de darle final a su vida... y razón a aquella voz.

















